sábado, noviembre 18

Mixtepec, Oaxaca: masacre y la herida abierta

En el camposanto de este municipio mixteco se percibe un silencio sepulcral. Sobre la tumba aún fresca de Anahí Cruz Ramírez, de sólo once años de edad, se encuentran dispersos algunos de sus juguetes favoritos: muñecas, osos blancos, negros y rosados, también algunas de sus diademas y un rosario. A su lado, la tumba de su madre Julia Ramírez Salazar.

Su hermano Feliciano Cruz Ramírez, de 25 años, ignora si los juguetes que dejó de pie el lunes 5 de junio los derribó la lluvia o el recuerdo de su hermana Anahí. Madre e hija, además de otras tres mujeres oriundas de este municipio, fueron acribilladas por un grupo armado a las 6:00 horas del pasado 3 de junio.

En el paraje Tres Cruces el vehículo en que viajaban fue atacado con fusiles de asalto AK-47 y AR-15. Cuatro mujeres, incluida la niña, murieron en el lugar y fueron incineradas por los asesinos. Quedó carbonizada la camioneta de transporte mixto en que se trasladaban rumbo a la ciudad de Tlaxiaco.

Otra más, María Bautista Ramírez de 56 años, huyó herida y fue localizada y auxiliada por la ambulancia de este municipio, pero murió antes de llegar a un hospital de Tlaxiaco, a 32 kilómetros de distancia.

Justicia, exigencia central

El viudo, Feliciano Antonio Cruz Ángulo de 58 años, clava la mirada en las decenas de gladiolas hoy secas que tapizan las dos tumbas. Otra vez un nudo en su garganta. Se repone y suelta: “Sólo quiero justicia. Esto no debe ni puede quedar así. Los asesinos andan sueltos y mi exigencia al gobierno es que los agarre y los encarcele para que paguen por estos crímenes”.

En la casa de Feliciano Antonio Cruz Ángulo nada es igual desde la partida de su esposa e hija. Un moño de tela de colores blanco y morado indican que la familia esta de luto.

Al interior de la casa de paredes de adoquín y techo de madera y teja, un altar y, al pie de la escultura del apóstol San Juan Bautista, las fotografías de los rostros en colores de las dos mujeres. En la mesa cubierta con mantel blanco las luces que proyectan dos veladoras iluminan cinco tortillas clayudas.

Es costumbre colocar alimentos para que los difuntos no se vayan con hambre. Los deudos aún conservan en botes y jarrones los ramos de gladiolas, hoy marchitas, que lucieron frescas en los rezos del novenario.

A don Feliciano le duele la ausencia de su hija, alumna del sexto grado en la escuela primaria Benito Juárez. Siempre con buenos promedios, Anahí representó a Tlaxiaco en los encuentros deportivos celebrados en Huajuapan, el pasado 22 de mayo.

Más de cien mil pesos por gastos funerarios

Los deudos explican que, con recursos prestados entre familiares y amigos, pagaron los gastos funerarios que ascendieron a más de cien mil pesos. Exhibieron los recibos que amparan el pago de la compra de dos ataúdes, con  valor de nueve mil y siete mil 500 pesos, respectivamente. Ello, además del pago de 50 pesos de carne de pollo.

El día del funeral acompañaron al último adiós cerca de seiscientas personas. Aquí se acostumbra hacer rezos durante nueve días y darle de comer a los acompañantes. Aparte pagaron la banda de música que toca durante el velorio y acompaña y despide al difunto en el panteón. Los gastos incluyen compra de flores, velas, veladoras, refrescos y otros.

Un diabético y dos discapacitados, desamparados

En otra humilde vivienda, los rostros en fotografías de colores de Nazaria Gabriel y su hija María Juana Bautista Ramírez, de 75 y 56 años, ocupan la parte central de un pequeño altar con imágenes religiosas, incluido Jesús Crucificado.

Madre e hija eran el sostén de Ambrosio y Elvira Ramírez Gabriel de 70 y 65 años de edad. Virgilio López Bautista explica que Ambrosio y Elvira son hermanos de su abuela Nazaria. Ambos  presentan alteraciones de su desarrollo intelectual y cuidaban de ellos como a dos niños.

Con graves complicaciones por su diabetes por la que ha estado hospitalizado en varias ocasiones, Virgilio López Bautista expone: con la muerte de mi madre María Juana Bautista Ramírez de 56 años, me quedo en el abandono.

Los familiares de Nazaria y María Juana también pagaron más de cien mil pesos por los funerales. No sólo perdimos a nuestros seres queridos sino también quedamos endeudados, dice Virgilio, quien controla su diabetes con glucovance en presentación de tabletas, que le cuesta 534 pesos, porque el Centro de Salud de este lugar no tiene los medicamentos para el control de esta patología.

Aquí las familias pobres habitan casas de madera, láminas y tejas que contrastan con imponentes edificios hasta de tres niveles, propiedad de migrantes. En las calles las mujeres enfundadas en sus rebozos caminan cabizbajas. Los varones con indumentaria campesina caminan rumbo a sus cultivos de maíz. Es un pueblo de viejos porque ocho mil nativos, la mayoría jóvenes, se fueron de braceros.

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